No sé si mis recuerdos de la Navidad en el cortijillo son reales o fruto de mi imaginación. Han sido tantas las veces que mis padres y hermanos me han hablado de lo mágicas que eran las Navidades en el cortijo que yo, aunque tengo vagos recuerdos de esos años por la edad que tenía entonces, los tengo tan idealizados que puedo describirlos con todo lujo de detalles.
La Navidad en
Higuera de Calatrava, como en la totalidad de los pueblos jienenses, era tiempo
de aceituna. Los tajos estaban en pleno rendimiento y, a menos que lloviese,
solo se paraba el día de Navidad y Año Nuevo.
Para un niño
de ciudad, como era mi caso, suponía tiempo de vacaciones escolares, de romper
con la rutina y disfrutar de unos días de naturaleza y aire libre.
Jugar con el
barro, los animales, disfrutar de un buen "chisco", comer picatostes
para desayunar al calor de la lumbre, o tostadas hechas en las ascuas con
aceite y naranja recién cogida del árbol, eran los pequeños placeres a los que
me entregaba en esos días.
En mis días de
pueblo siempre contaba con la compañía de mi "hermano" Juani que,
mientras éramos pequeños, no estaba
obligado a trabajar en el tajo con sus padres. También nos solían acompañar mis
primos, que al igual que para mí, el cortijo era nuestro "parque de
atracciones", el lugar donde dábamos rienda suelta a nuestra imaginación y
travesuras, donde hacíamos realidad nuestros sueños.
Cuando caía la
tarde, ya anochecido y con el frio
fabricando el manto de escarcha que decoraría la próxima madrugada, nos
encantaba sentarnos junto al fuego y escuchar
las historias que mi padre nos contaba. Entre esas historias, sin duda,
la que más nos gustaba escuchar era la de la noche de Reyes Magos.
Mi padre había
sido durante nueve años alcalde de Higuera de Calatrava. Fue en uno de esos
años cuando ocurrió el episodio más mágico y extraordinario que, en la mente de
unos niños como éramos nosotros, se puede imaginar.
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Todo comenzó
en una reunión de amigos. Mi padre solía reunirse con algunos amigos del pueblo
y era en estas reuniones donde se discutía, se charlaba, en definitiva, donde
se "arreglaba el mundo".
Eran años
difíciles y no todas las familias del pueblo tenían recursos como para hacer
regalos de Reyes a sus niños. Fue entonces cuando, en una de estas reuniones,
se pensó en hacer algo para que todos los niños y niñas del pueblo pudieran
disfrutar de algún juguete en este mágico día.
Se comenzó por
elaborar un censo de todos los niños y niñas del pueblo. Domicilio por
domicilio, cortijo por cortijo, se fue haciendo un listado en el que se anotaba
la cantidad y sexo de cada uno de los menores que habitaban en ellos.
El siguiente
paso fue recaudar los fondos necesarios para la adquisición de todos los
regalos. Ahí se puso a funcionar la diplomacia del alcalde que, junto con sus
amigos más cercanos, se dedicó a hacer una colecta suficiente como para cubrir
todos los gastos.
Se hizo un
bando municipal por el que se anunciaba que la tarde-noche del cinco de enero
Sus Majestades los Reyes Magos de Oriente visitarían el pueblo, dejando regalos
a todos los niños y niñas.
La noticia
corrió como la pólvora entre todos los habitantes del pueblo y comenzó a nacer
una ilusión por un hecho novedoso que traía alegría y hacía que los más
pequeños fantasearan y soñaran con esa noche mágica.
Pero quedaba
el detalle más importante: ¿Dónde iban a ir a por unos Reyes Magos?
Después de
mucho pensar llegaron a una conclusión: que, para alimentar la magia, la
identidad de los Reyes debía mantenerse en el más absoluto de los secretos. De
ahí que tan solo ellos podrían ser los elegidos.
Ahí comenzó uno
de los secretos mejor guardados en el Ayuntamiento. Solo los tres Reyes Magos y
sus mujeres serían conocedores de la identidad de los mismos.
Mi padre,
junto con Dorado, el "practicante"
del pueblo, y su buen amigo Jesús Morales fueron los que se convertirían en los
Magos de Oriente.
A partir de
ese momento, ni sus familiares serían conocedores de sus identidades. Comenzaron
a idear las diferentes coartadas que les hicieran estar libres de sospechas a
la hora de ausentarse del pueblo ese día tan señalado. Reuniones en el gobierno
civil de Jaén, asistencia a pacientes o cualquier otro deber inexcusable fueron
los argumentos que difundieron en los días previos a la noche de Reyes, de
manera que nadie pudiese sospechar y reconocerlos en la cabalgata.
Se encargaron
las esposas de “sus majestades” de reunirse en casa de Dorado, que era el único
de los tres Magos que no tenía hijos y por lo tanto su casa era un lugar
seguro, para confeccionar los trajes de los Reyes. No se escatimó en telas ni
abalorios para diseñar unas lujosas prendas propias de la más sofisticada corte
oriental.
Había que
buscar, también, unas cabalgaduras propias de los personajes. Mi padre contaba
con la yegua que por aquel tiempo teníamos en el cortijo, que por cierto no era
un animal muy dócil y domado, por lo que requería de cierta pericia para su
monta. Eso levantó cierto recelo en la familia a la hora de prestar la
cabalgadura a cualquiera, ya que podía provocar un desaguisado y fastidiar la
cabalgata. Finalmente se convencieron y la yegua participó en el evento. De la
misma manera, los demás Reyes también aportaron unas cabalgaduras dignas de un
rey. A eso se sumó toda una reata de mulos que serían los encargados de cargar
con lo más preciado: los regalos.
Todo estaba
preparado, la ilusión de las tres familias de los Reyes Magos era increíble.
Según nos contaba mi padre, ni el acto oficial más importante de la alcaldía
había provocado en él ese estado de nervios e ilusión. Ilusión que compartía
con sus compañeros de aventura.
Por fin llegó
el día. La tarde se presentaba nubosa y fría, propia del mes de enero. Esa
misma mañana, una inoportuna llamada de teléfono desde la capital convocaba a
mi padre a una reunión de urgencia en el gobierno civil de Jaén. Dorado recibía
un aviso urgente para atender a una paciente en un pueblo vecino y Jesús tuvo
que ir a gestionar un serio problema que le obligaba a viajar fuera del pueblo.
Las tres esposas, cumpliendo con su papel, se mostraron muy contrariadas por la
ausencia de sus maridos en esa tarde tan especial, máxime tratándose uno de
ellos del alcalde del pueblo.
Cuando empezó
a caer la noche y los aceituneros ya estaban de vuelta en sus casas, desde la
entrada del pueblo un séquito real, haciendo sonar campanillas, se acercaba al pueblo. Los habitantes de Higuera salían a las puertas a contemplar el
espectáculo. Los niños y niñas abrían sus ojos y no daban crédito a lo que
veían. Solo en la mirada de un niño se
puede ver la ilusión y la magia. Sus majestades, ayudados por sus pajes, iban
repartiendo los regalos en todos los hogares del pueblo donde habitara un niño.
Mi tío Emilio,
al que todos los sobrinos llamábamos Tito Mío, cuando vio aparecer al Rey
Gaspar, montando en “su yegua”, no salía de su asombro y decía:
-¿Quién será
el que monta la yegua? ¡No es normal que no haya pegado ya una “espantá”!
Ni siquiera él
reconoció a su hermano vestido de Rey Gaspar.
Mi madre y mis
hermanos habían bajado del cortijo hasta
el pueblo para ver la cabalgata junto a los primos y familia, y ahí fue cuando
se produjo uno de los momentos más mágicos en la vida de mis hermanos. Según
sus recuerdos infantiles, me cuentan como vieron aparecer la comitiva real por
la plaza del pueblo. La solemnidad de los Reyes Magos montados en sus caballos
provocó en ellos unos recuerdos que aún perduran. Al llegar a su altura, me
cuenta mi hermano, como el Rey Gaspar paró su caballo y lo aupó hasta su
montura. Lo besó y le hizo prometer que se portaría bien, lo que mi hermano
prometió sin pestañear, con esa mezcla de miedo e ilusión de haber sido tocado
por el Rey. A continuación los pajes le entregaron su regalo.
La cabalgata
atravesó el pueblo repartiendo regalos, hasta desaparecer por la parte alta de
Higuera camino de Oriente.
Nunca más, que
yo sepa, se ha vuelto a repetir un hecho semejante en el pueblo, en el que
todos los niños y niñas recibieron su regalo.
Pasó la tarde
y mi familia volvió al cortijo. Deseando que volviera mi padre de su viaje a
Jaén para contarle lo que se había perdido, el éxito de una cabalgata que había
llenado de ilusión a todo un pueblo. Ya bien entrada la noche, junto a la
chimenea, mis hermanos le relataron con pelos y señales todo lo ocurrido. Pero
cuál fue su sorpresa cuando escucharon por la ventana un extraño ruido que
procedía de la cancela del balcón de la planta de arriba. Con una mezcla de
miedo y sorpresa se asomaron a la ventana y vieron como por la era empedrada
del cortijo se alejaba un caballo a galope, golpeando en las piedras y agitando
al viento la capa de su jinete. Totalmente paralizados, tuvieron que ser mis
padres los que los devolvieran a la realidad. Les animaron a subir a la
habitación de la cancela para ver qué había podido ser el ruido que escucharon
en ella. Acompañándolos hasta arriba abrieron la habitación y allí encontraron
todos esos regalos que habían pedido en sus cartas de Reyes Magos.
Los niños jamás
podrán olvidar esos recuerdos de su infancia. Recuerdos de una noche de REYES
MAGOS.
