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jueves, 13 de febrero de 2025

NOCHE DE REYES MAGOS

 

No sé si mis recuerdos de la Navidad en el cortijillo son reales o fruto de mi imaginación. Han sido tantas las veces que mis padres y hermanos me han hablado de lo mágicas que eran las Navidades en el cortijo que yo, aunque tengo vagos recuerdos de esos años por la edad que tenía entonces, los tengo tan idealizados que puedo describirlos con todo lujo de detalles.


La Navidad en Higuera de Calatrava, como en la totalidad de los pueblos jienenses, era tiempo de aceituna. Los tajos estaban en pleno rendimiento y, a menos que lloviese, solo se paraba el día de Navidad y Año Nuevo.

Para un niño de ciudad, como era mi caso, suponía tiempo de vacaciones escolares, de romper con la rutina y disfrutar de unos días de naturaleza y aire libre.

Jugar con el barro, los animales, disfrutar de un buen "chisco", comer picatostes para desayunar al calor de la lumbre, o tostadas hechas en las ascuas con aceite y naranja recién cogida del árbol, eran los pequeños placeres a los que me entregaba en esos días.

En mis días de pueblo siempre contaba con la compañía de mi "hermano" Juani que, mientras  éramos pequeños, no estaba obligado a trabajar en el tajo con sus padres. También nos solían acompañar mis primos, que al igual que para mí, el cortijo era nuestro "parque de atracciones", el lugar donde dábamos rienda suelta a nuestra imaginación y travesuras, donde hacíamos realidad nuestros sueños.

Cuando caía la tarde,  ya anochecido y con el frio fabricando el manto de escarcha que decoraría la próxima madrugada, nos encantaba sentarnos junto al fuego y escuchar  las historias que mi padre nos contaba. Entre esas historias, sin duda, la que más nos gustaba escuchar era la de la noche de Reyes Magos.

Mi padre había sido durante nueve años alcalde de Higuera de Calatrava. Fue en uno de esos años cuando ocurrió el episodio más mágico y extraordinario que, en la mente de unos niños como éramos nosotros, se puede imaginar.

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Todo comenzó en una reunión de amigos. Mi padre solía reunirse con algunos amigos del pueblo y era en estas reuniones donde se discutía, se charlaba, en definitiva, donde se "arreglaba el mundo".

Eran años difíciles y no todas las familias del pueblo tenían recursos como para hacer regalos de Reyes a sus niños. Fue entonces cuando, en una de estas reuniones, se pensó en hacer algo para que todos los niños y niñas del pueblo pudieran disfrutar de algún juguete en este mágico día.

Se comenzó por elaborar un censo de todos los niños y niñas del pueblo. Domicilio por domicilio, cortijo por cortijo, se fue haciendo un listado en el que se anotaba la cantidad y sexo de cada uno de los menores que habitaban en ellos.

El siguiente paso fue recaudar los fondos necesarios para la adquisición de todos los regalos. Ahí se puso a funcionar la diplomacia del alcalde que, junto con sus amigos más cercanos, se dedicó a hacer una colecta suficiente como para cubrir todos los gastos.

Se hizo un bando municipal por el que se anunciaba que la tarde-noche del cinco de enero Sus Majestades los Reyes Magos de Oriente visitarían el pueblo, dejando regalos a todos los niños y niñas.

La noticia corrió como la pólvora entre todos los habitantes del pueblo y comenzó a nacer una ilusión por un hecho novedoso que traía alegría y hacía que los más pequeños fantasearan y soñaran con esa noche mágica.

Pero quedaba el detalle más importante: ¿Dónde iban a ir a por unos Reyes Magos?

Después de mucho pensar llegaron a una conclusión: que, para alimentar la magia, la identidad de los Reyes debía mantenerse en el más absoluto de los secretos. De ahí que tan solo ellos podrían ser los elegidos.

Ahí comenzó uno de los secretos mejor guardados en el Ayuntamiento. Solo los tres Reyes Magos y sus mujeres serían conocedores de la identidad de los mismos.

Mi padre, junto con Dorado,  el "practicante" del pueblo, y su buen amigo Jesús Morales fueron los que se convertirían en los Magos de Oriente.

A partir de ese momento, ni sus familiares serían conocedores de sus identidades. Comenzaron a idear las diferentes coartadas que les hicieran estar libres de sospechas a la hora de ausentarse del pueblo ese día tan señalado. Reuniones en el gobierno civil de Jaén, asistencia a pacientes o cualquier otro deber inexcusable fueron los argumentos que difundieron en los días previos a la noche de Reyes, de manera que nadie pudiese sospechar y reconocerlos en la cabalgata.

Se encargaron las esposas de “sus majestades” de reunirse en casa de Dorado, que era el único de los tres Magos que no tenía hijos y por lo tanto su casa era un lugar seguro, para confeccionar los trajes de los Reyes. No se escatimó en telas ni abalorios para diseñar unas lujosas prendas propias de la más sofisticada corte oriental.

Había que buscar, también, unas cabalgaduras propias de los personajes. Mi padre contaba con la yegua que por aquel tiempo teníamos en el cortijo, que por cierto no era un animal muy dócil y domado, por lo que requería de cierta pericia para su monta. Eso levantó cierto recelo en la familia a la hora de prestar la cabalgadura a cualquiera, ya que podía provocar un desaguisado y fastidiar la cabalgata. Finalmente se convencieron y la yegua participó en el evento. De la misma manera, los demás Reyes también aportaron unas cabalgaduras dignas de un rey. A eso se sumó toda una reata de mulos que serían los encargados de cargar con lo más preciado: los regalos.

Todo estaba preparado, la ilusión de las tres familias de los Reyes Magos era increíble. Según nos contaba mi padre, ni el acto oficial más importante de la alcaldía había provocado en él ese estado de nervios e ilusión. Ilusión que compartía con sus compañeros de aventura.

Por fin llegó el día. La tarde se presentaba nubosa y fría, propia del mes de enero. Esa misma mañana, una inoportuna llamada de teléfono desde la capital convocaba a mi padre a una reunión de urgencia en el gobierno civil de Jaén. Dorado recibía un aviso urgente para atender a una paciente en un pueblo vecino y Jesús tuvo que ir a gestionar un serio problema que le obligaba a viajar fuera del pueblo. Las tres esposas, cumpliendo con su papel, se mostraron muy contrariadas por la ausencia de sus maridos en esa tarde tan especial, máxime tratándose uno de ellos del alcalde del pueblo.

Cuando empezó a caer la noche y los aceituneros ya estaban de vuelta en sus casas, desde la entrada del pueblo un séquito real, haciendo sonar campanillas, se acercaba al  pueblo. Los habitantes de  Higuera salían a las puertas a contemplar el espectáculo. Los niños y niñas abrían sus ojos y no daban crédito a lo que veían.  Solo en la mirada de un niño se puede ver la ilusión y la magia. Sus majestades, ayudados por sus pajes, iban repartiendo los regalos en todos los hogares del pueblo donde habitara un niño.

Mi tío Emilio, al que todos los sobrinos llamábamos Tito Mío, cuando vio aparecer al Rey Gaspar, montando en “su yegua”, no salía de su asombro y decía:

-¿Quién será el que monta la yegua? ¡No es normal que no haya pegado ya una “espantá”!

Ni siquiera él reconoció a su hermano vestido de Rey Gaspar.

Mi madre y mis hermanos  habían bajado del cortijo hasta el pueblo para ver la cabalgata junto a los primos y familia, y ahí fue cuando se produjo uno de los momentos más mágicos en la vida de mis hermanos. Según sus recuerdos infantiles, me cuentan como vieron aparecer la comitiva real por la plaza del pueblo. La solemnidad de los Reyes Magos montados en sus caballos provocó en ellos unos recuerdos que aún perduran. Al llegar a su altura, me cuenta mi hermano, como el Rey Gaspar paró su caballo y lo aupó hasta su montura. Lo besó y le hizo prometer que se portaría bien, lo que mi hermano prometió sin pestañear, con esa mezcla de miedo e ilusión de haber sido tocado por el Rey. A continuación los pajes le entregaron su regalo.

La cabalgata atravesó el pueblo repartiendo regalos, hasta desaparecer por la parte alta de Higuera camino de Oriente.

Nunca más, que yo sepa, se ha vuelto a repetir un hecho semejante en el pueblo, en el que todos los niños y niñas recibieron su regalo.

Pasó la tarde y mi familia volvió al cortijo. Deseando que volviera mi padre de su viaje a Jaén para contarle lo que se había perdido, el éxito de una cabalgata que había llenado de ilusión a todo un pueblo. Ya bien entrada la noche, junto a la chimenea, mis hermanos le relataron con pelos y señales todo lo ocurrido. Pero cuál fue su sorpresa cuando escucharon por la ventana un extraño ruido que procedía de la cancela del balcón de la planta de arriba. Con una mezcla de miedo y sorpresa se asomaron a la ventana y vieron como por la era empedrada del cortijo se alejaba un caballo a galope, golpeando en las piedras y agitando al viento la capa de su jinete. Totalmente paralizados, tuvieron que ser mis padres los que los devolvieran a la realidad. Les animaron a subir a la habitación de la cancela para ver qué había podido ser el ruido que escucharon en ella. Acompañándolos hasta arriba abrieron la habitación y allí encontraron todos esos regalos que habían pedido en sus cartas de Reyes Magos.

Los niños jamás podrán olvidar esos recuerdos de su infancia. Recuerdos de una noche de REYES MAGOS.