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jueves, 7 de mayo de 2020

¿Tendremos memoria?



¿Tendremos memoria?¿Será verdad todo lo que ahora decimos? ¿Habrán servido para algo todos los propósitos de enmienda que ahora pregonamos? ¿Seremos de verdad tan solidarios como decimos? ¿Valoraremos de verdad las cosas en su justa medida?...
Estas, y muchas como estas, son las preguntas que a mí se me plantean en este cautiverio doméstico al que estamos sometidos. Y se me plantean cada día después del aplauso de las ocho, después de hablar con familiares y amigos, después de oír la radio y, sobre todo, después de los "cincuenta mil" vídeos y whatsapp (unos bienintencionados y otros con muy "mala leche", tanto de unos como de otros) que me llegan diariamente.
Todo es solidaridad, todo son buenas intenciones, vamos a experimentar un extraordinario cambio de actitud ante la vida, vamos a crear una sociedad más justa, vamos a ... ¿de verdad?
No sé por qué, pero me da a mí que cuando esto pase, cuando el TIEMPO, que es el que lo pone todo en su sitio, dicte su sentencia, muchos de esos que ahora pregonan toda esa solidaridad, buenismo y demás, volverán a ser lo que son y siempre han sido. Cuando se les pase el MIEDO, se volverán a crecer y volverán a caer en los mismos "errores" de los que ahora reniegan.
La solución a esta crisis (la más grande que se recuerda en todos los sentidos: sanitario, económico, social, político, ...) está claro que está en manos de TODOS: De los sanitarios que se dejan la vida por atendernos y curarnos (la sanidad ha sufrido grandes recortes en los últimos años, parece ser que no era algo prioritario en nuestra sociedad), de los científicos, que buscan como locos remedios a las enfermedades y demás amenazas de nuestro mundo (con unos presupuestos ridículos que le hacen tener que emigrar a otros países), de los empresarios y autónomos, que crean empleo y riqueza en el país (muchos de ellos criminalizados por ciertos sectores del espectro político), de los trabajadores que se dejan la piel en sus trabajos para que tú y yo tengamos los bienes y servicios que nuestro día a día demandamos (y que soportan los vaivenes caprichosos de políticas partidistas), de las fuerzas  y cuerpos de seguridad del estado, que no duermen para que nosotros lo hagamos (todavía hay sectores de nuestra "clase política" que ven "fantasmas del pasado" en estos cuerpos totalmente democráticos y modernos), de los funcionarios que soportan la estructura del estado y hacen que la "máquina" funcione (siendo, en muchas ocasiones, criticados por unos y presionados con intereses partidistas por otros), de los jubilados que nos aportan la experiencia y cohesión que toda sociedad necesita (siguen siendo meras "bolsas de votos" para los partidos políticos), de los docentes, de todos los niveles educativos, que tienen en sus manos el futuro de la sociedad (desprestigiados, en ocasiones, por esa misma sociedad a la que educan) y, por supuesto, de los políticos, imprescindibles en cualquier sociedad pero que a día de hoy creo, sinceramente, que no están a la altura de las circunstancias, que están más preocupados de sus partidos que de sus paisanos.
Como veis, TODOS somos necesarios y si una sociedad quiere progresar tiene que cuidar de todos.
¿Tendremos memoria?

sábado, 2 de mayo de 2020

ANGELITA



Angelita nació allá por el año 1924 en una sencilla familia jaenera. Era hija de un carpintero y una sufrida ama de casa. Se crio sin lujos, sabiendo lo que valían y costaban las cosas. Creció, junto a sus tres hermanas y dos hermanos, a caballo entre la castiza calle Almendros Aguilar, en el barrio de la Merced, y la calle Cañizares, del no menos castizo barrio de San Ildefonso. Asistió al colegio San Vicente de Paúl, popularmente conocido como "amiga de piedra", donde fue educada por las monjas de las Hijas de la Caridad. Angelita luchó por labrarse un futuro, por encontrar una "colocación", según palabras de la época. Y así lo hizo.
Pero Angelita se vio sorprendida por el amor. Se cruzó en su camino un apuesto agricultor, hijo de una familia de pueblo, de las que a sus miembros se les daba el tratamiento de "señorito".  Se enamoró perdidamente de aquel apuesto pueblerino que se vino a mudar a la capital después de la Guerra. Él tenía como ocupación el campo, algo ambiguo y que le permitía tener una autonomía que le alejaba de horarios. Ella, por el contrario, sí tenía horarios. Empleada como mecanógrafa en el laboratorio de un reputado doctor y analista de la capital, aporreaba durante todo el día la máquina de escribir en interminables informes y escritos. Tenía un sueldo que aportaba a casa, donde sus padres lo administraban con justicia.
Para Angelita, el casarse con Virgilio, que así se llamaba su amado, supuso renunciar a todo lo que hasta ese momento había sido su vida: su familia, su trabajo,… Pero le pudo el amor que sentía por él.
La vida de Angelita transcurrió a mitad de camino entre el pueblo y la capital, entre el campo y la ciudad, entre el cortijo y la casa en Jaén. Durante toda su vida se adaptó con resignación a todo lo que le venía dado. De fortísimas convicciones religiosas, Angelita se refugiaba en ellas y aceptaba sin protestar "lo que estaba del Señor".
La humildad fue, sin duda, el rasgo más destacado de la personalidad de Angelita. Ella siempre estaba allí, pero no era la protagonista, siempre ocupaba ese lugar necesario pero oculto, imprescindible pero invisible. Nunca fue de "salir en la foto", de hecho nunca le gustaron, pero sin su concurso nada hubiese funcionado en esa familia. Moderada y tranquila, jamás mostró su disconformidad de manera exagerada, nunca se le oyó gritar las injusticias o desencuentros de los que pudo ser víctima o testigo. "Mujer de las de antes", horrible expresión que encierra todo aquello por lo que la Mujer ha pasado y esperemos que nunca más pase. 
Angelita era Buena, sí, Buena con mayúscula. Es muy difícil encontrar a alguien que tenga una mala opinión de ella. A pesar de los tiempos y circunstancias en las que le tocó vivir, siempre tuvo ese espíritu conciliador, tolerante, positivo, que le hacía ver más allá de sus creencias religiosas, o precisamente porque sus creencias eran verdaderamente religiosas, y no afines a la ortodoxia de la época. 
Pero Angelita tenía una debilidad, su Familia. Sus cuatro hijos y su Virgilio. Por los que daba la vida. La verdadera razón de su existencia. Y así lo demostraba día a día. Jamás rehusó estar donde se le necesitara, siempre dispuesta a ayudar, cuidar, mimar, ... pero sobre todo amar. Tenía una particular manera de amar, sin aspavientos, sin excesos, sin muestras desmesuradas o fingidas de cariño. Como todo en ella, era serenidad, una dulzura sincera que te hacía sentir tranquilo, seguro y, sobre todo, querido.
Nada dura para siempre y Angelita nos dejó. Y lo hizo de la misma manera en que había vivido, tranquila, sin hacer ruido. Era fuerte, siempre decía que "yo no he ido al hospital ni para parir", y que fatalidad que cuando lo hizo fuera para morir. No era vieja, era mayor y se sentía fuerte y útil, porque era ella quien cuidaba de su esposo, que por aquel tiempo gozaba ya de una "delicada salud de hierro". Pero el guión de su vida quiso que fuera ella quien se marchara primero. O, tal vez, se fueron los dos juntos, porque desde entonces Virgilio dejó de vivir, seguía existiendo, pero muy lejos de la vida.
Los que hemos tenido la inmensa fortuna de poder haberla llamado MAMÁ, hemos tenido en ella un ejemplo de vida, un referente que nos ha servido de guía y modelo.

Hoy es día 3 de mayo, día en que nos dejó nuestra madre, Angelita.