Hoy he estado ojeando fotos de mi infancia. Fotos que
me han trasladado a un lugar donde fui Feliz. Una felicidad que me ha
marcado para el resto de mi vida. Fotos de un pequeño pueblo de la campiña
jienense donde nació y se crio mi padre. Donde a mí me hubiese gustado nacer,
Higuera de Calatrava.
Esa felicidad está unida no solo a ese lugar, también a
su gente. Gente con la que "me crie", con la que compartí muchos de
los momentos más felices de mi vida.
Aunque yo vivía en Jaén, soñaba con el fin de semana,
con las vacaciones, con todos los momentos en los que me montaba en la
furgoneta junto a mi familia y nos desplazábamos al “cortijillo".
Al principio los viajes los hacíamos por Martos. Cuarenta
kilómetros que me conocía de memoria. Un viaje que mi padre nos amenizaba con
historias y chascarrillos. El camino hasta Higuera era una fuente inagotable de
historias que, tanto mi padre como mis tíos, nos contaban a mis primos y a mí
de cada uno de los lugares por los que pasábamos. Algunas exageradas, otras reales,
otras tristes y la mayoría divertidas. Tengo que decir que el viaje en la
furgoneta era multitudinario, ya que además de mis padres, tito Pepe y tito
Mio, viajaban también, en la mayoría de las ocasiones, mis primos Chico y
Perico, sin los cuales yo no concebía mi vida.
Con mi mirada de niño yo veía ese paisaje y me iba
imaginando todas esas historias y les iba dando forma dentro de mi cabeza.
Nos reíamos cuando mi padre nos hacía a todos agachar
la cabeza al pasar bajo el puente del tren una vez abandonado Martos.
-
¡Agachad la cabeza que nos damos!-
gritaba mi padre.
Y todos teníamos que echarnos los unos en los otros
muertos de risa. Por aquellos tiempos el viaje en la furgoneta no requería de
ir abrochados con cinturones de seguridad, incluso el número de ocupantes de la
misma era, normalmente, muy superior al que la lógica autorizaba.
Una vez superado el puente pasábamos por la orujera de
Martos…
-
¡Tapaos la nariz que nos
asfixiamos! ¿Quién ha sido?-
Preguntaba mi padre con guasa. Entonces empezaban las
acusaciones de unos a otros aludiendo a la higiene personal de cada uno. Con
las risas correspondientes.
Seguíamos bajando por la estrecha y bacheada carretera
pasando por cortijos y lugares todos ellos con un significado especial para mi
familia, raro era el cortijo, arroyo, o finca a la que mi padre no aludiera en
alguna de sus historias…
-
Aquí había unas escuelas que
recogían a los niños de
todos estos cortijos. En esta escuela fue maestra
vuestra Tita Estrella ¿sabéis? – Nos decía cuando pasábamos por una cortijada
al pie de la carretera.
Justo a continuación veíamos a nuestra izquierda “el
cerro del Dragón”, que así llamábamos mis primos y yo a un promontorio aislado
que surge en medio de la campiña y que tenía la forma de ese animal mitológico.
Hasta que una vez pasado Lendinez
teníamos la primera visión del pueblo. El corazón infantil se me
aceleraba, ya entrábamos en "nuestro territorio"
-
¡Mirad, ya veo a Juanitín cagando
detrás del cortijo!-Fantaseaba mi padre haciéndonos reír a carcajadas.
Pasábamos por
fincas familiares, "La hoja de los caces", "El haza el
majano", el carril que iba hasta " El colorín ",... y por fin
atravesábamos el " Salado", un arroyo que se me antojaba un Amazonas,
donde cogíamos tortugas, cañas y mizos, con los que mi madre hacía unos
preciosos ramos para decoración.
La entrada al pueblo se hacía por un "túnel"
de eucaliptos que nos acompañaba desde la Cruz, punto emblemático de los paseos
de todos los higuereños, hasta el campo de baloncesto (donde, por cierto, jamás
vi jugar a nadie allí a ese deporte).
A partir de ahí ya empezaban los saludos, ya estabas en
casa, todos te conocían, no me sentía forastero, yo me sentía un higuereño más.
Como mi padre.
Crecía mi ansiedad por llegar al cortijillo. La cuesta
de la calle principal del pueblo se hacía interminable, la vieja furgoneta se
quejaba tras el viaje. Llegábamos a la plaza y parábamos unos instantes en un
saludo rápido a nuestro queridísimo Tito Nono, que solía estar acodado en el
quiosco de Juan con su inseparable amigo Margarito, y con el que nos
emplazábamos para la hora de comer.
Aquí quiero hacer un inciso en mi relato para señalar
que mi tío Nono, y mis primos Antonio y Loli, son una parte especial
de mi familia, como lo son todos mis primos paternos, con los que hemos creado
un parentesco nuevo, somos "hermanos primos". Así lo quisieron
nuestros padres, los hermanos Quesada de Higuera de Calatrava, y nosotros lo
hemos continuado.
Ya llegamos, pasamos por las arenas que rodeaban el
caño de arriba, uno de los escenarios preferidos para nuestros juegos y
aventuras y donde, casi siempre, saludábamos a algún paisano que abrevaba
alguna "bestia" en sus frescas aguas.
Yo me salía por la ventanilla para ver a mi "hermano"
Juanitín, que ya estaba allí, a la entrada del carril esperando nuestra
llegada. Probablemente hiciera solo una semana que no nos veíamos, pero había
un millón de historias que contarnos, cromos que intercambiar, juegos que
hacer,...
A partir de ahí ya mi vida cambiaba. Es como si me
quitase la funda de la ciudad y me convirtiese en un paisano más. Por lo menos
así me sentía, querido por mi "familia" del cortijillo, con María y
Andrés, dos personas Buenas, con mayúscula. Con Juan Pedro, padre de María y
persona sabia, como casi todos nuestros mayores. Y, por supuesto, con Juanitín
y Quisco, compañeros de juegos y aventuras.
Cuando eres un niño ves el mundo desde una dimensión
que te convierte en Quijote, ves gigantes donde solo hay molinos, ves guerreros
donde solo hay ovejas,...pues así era mi vida en el cortijillo. Con Juani y mis
primos Perico, Chico, Tono, Mª José, Mª Paz y Pablo y nuestros amigos del
pueblo, el Rubio, Rafalín, Manolito el de Amalia, Paquitín Ariza,...
pasábamos de ser indios o vaqueros, a ser los mejores futbolistas del
mundo. Por cierto, la era del cortijillo se convertía en un Estadio Olímpico,
escenario de grandes encuentros futbolísticos o incluso Juegos Olímpicos.
Todavía recuerdo cuando Andrés y mi padre nos levantaron unas porterías hechas
con vigas y fardos de aceituna a modo de redes, que para nosotros eran
"reglamentarias".
Hasta que mis hermanos, con los que tengo una
considerable diferencia de edad, no empezaron a ser más mayores era tradición
pasar todas las vacaciones en el cortijo, incluidas las de Navidad. Son muchos
los recuerdos de esos inviernos fríos en la campiña, de campos embarrados y
botas katiuskas. De pisar charcos y hacer caminos en el barro para jugar con
camiones tirados por cuerdas. De jugar a las “guerrillas” con bolas de barro,
aprovechando a modo de trincheras los diferentes desniveles provocados por las
torrenteras de los arroyos. De jugar a clavar el pincho en el barro como si
fuera el juego del colache, pincho que habíamos conseguido clandestinamente de
algún destornillador u otra herramienta de la cochera de los tractores.
Recuerdo especialmente una Navidad en la que había
pedido a los Reyes Magos un caballo, mi animal preferido y por el que siento
verdadera pasión. Fiel a la tradición de esa mágica noche no pegué ojo. Incluso
creí oír por el balcón la mágica caravana. El caso es que a la mañana
siguiente, atado junto a la chimenea había un majestuoso caballo de cartón casi
tan grande como yo. Pasé el día montado en ese imponente pura sangre de color
anaranjado y que se desplazaba gracias a una base de madera con cuatro
rodamientos. Las tardes de invierno son cortas y pronto tuve que dejar a mi
caballo atado a la entrada del cortijo, como veía hacer a los muleros con sus
reatas. Pero esa noche quiso el destino que fuera de temporal, llovió con
ganas. A la mañana siguiente, nada más despertarme, corrí a ver a mi caballo y cuál
fue mi sorpresa cuando solo encontré una plataforma de madera con cuatro
rodamientos que soportaba una plasta informe anaranjada de cartón. Yo no
entendí lo que había pasado, mi caballo, mi regalo más esperado se había
esfumado. Tengo que decir que me costó un tiempo recuperarme de ese “shock”. Pero
también es cierto que cuando se es niño olvidas con más facilidad, y gracias a
Juanitín, mi compañero de aventuras, rápidamente nos hicimos con unas cañas y
un cordel unos caballos mucho más ligeros y versátiles, aptos para todo tipo de
climas y terrenos.
Esos inviernos eran también época de aceituna. A mí me
gustaba acompañar a mi padre a ver los tajos, donde mujeres y hombres se
afanaban en varear los olivos y recoger las aceitunas, que en aquel tiempo se
hacía a mano. Después de retirar los fardos donde caían la mayoría de las
aceitunas vareadas, una cuadrilla de mujeres recogían, arrodilladas, el resto
de aceitunas para trasladarlas en espuertas hasta las limpias, donde, como su nombre indica, se les limpiaba de la hojarasca y barro que pudiesen llevar, antes
de cargarlas en los remolques para llevarlas a la fábrica de aceite. Cada
cuadrilla tenía su cometido en la recolección, pero a mí me gustaba vivir el
ambiente de las cuadrillas de mujeres, que pese a la dureza de su trabajo,
siempre encontraban el momento para los chascarrillos, bromas y demás. Tengo en
mi memoria las horas de después de almorzar en las que se hacía el silencio en
la cuadrilla para poder escuchar “Lucecita”,
una radio novela a la que estaban enganchadas, y que podían seguir,
mientras realizaban su trabajo, a través de una vieja y aparatosa radio que acarreaban
como un apero más. Me hace gracia que incluso mi padre solía aparecer a esas
horas por el tajo de las mujeres para no perderse el hilo de la novela.
Pero el invierno pasaba y los sembrados empezaban a
verdear. Por aquel tiempo, en los años 70, en Higuera abundaba la “tierra
calma”, donde el cereal, los melonares, el girasol, los garbanzos, incluso el
algodón o la matalahúva, eran los cultivos más abundantes. Junto con el olivar.
El campo cambiaba sus tonalidades, de los ocres y parduzcos del invierno al
verde intenso de los sembrados de cereal, o a esas hiladas hechas con
tiralíneas que dibujaban las plantas recién nacidas de melones o legumbres.
El paisaje que veía en mi viaje desde Jaén variaba de
una semana para otra, era el mismo campo con diferentes vestidos. Con colores
que mi padre sabía perfectamente identificar en cuanto a la calidad y cantidad
del producto sembrado.
-Mira, este año está creciendo muy bien el trigo- Decía
con ojo experto- Como llueva esta primavera tendremos una buena cosecha.
- Mira como se ven ya las matas de melones en el
cortijo, ya mismo estamos comiendo melón fresquito- pronosticaba con alegría en
otras ocasiones.
Pero no siempre se cumplían las expectativas. Los que
viven del campo saben de lo ingrato e injusto que puede llegar a ser el estar
siempre “mirando al cielo”. Una primavera seca o un granizo a destiempo, un
parásito impertinente o un temporal inoportuno, pueden hacer que el trabajo de
todo un año sea inútil, se convierta en estéril y haga del agricultor un pobre
juguete en manos de la naturaleza.
Poco a poco íbamos creciendo y la vida iba
cambiando. Desgraciadamente los gigantes se iban convirtiendo en molinos y los
guerreros en ovejas. Yo fui cambiando, igual que lo hacíamos todos. De la niñez
se pasa a la adolescencia. Y de los juegos se pasa a la "vida
social". Y ahí volvió a ser Higuera fundamental en mi vida.
Por lo avatares del destino, mi círculo de amigos fue
cambiando, unos porque se marcharon, otros porque se hicieron
"mayores" antes que yo, otros porque escogieron distintos
caminos,...pero tengo que decir que con ninguno perdí la Amistad. Aún en la
distancia sigue existiendo ese nexo de unión que solo la infancia puede crear.
Es cierto que pasé por unos momentos de soledad.
Momentos en los que me refugiaba en el cortijillo, con sus bochornosas siestas,
con solitarios paseos por los carriles, en los que recordaba todas las historias
que mi padre me contaba. Días de verano que solo se alteraban cuando venían a
pasar las vacaciones mis hermanos con sus familias. Era en esos días cuando se
rompía la monotonía.
Pero pronto volvió a aparecer el Pueblo. Gracias a
Loli, mi "hermana prima", volví a tener nuevas amistades. Ella me
presentó "en sociedad". Ya la edad te hacía buscar una
"pandilla", a salir con niños y niñas. Fue entonces cuando conocí a
un grupo de higuereñas e higuereños con los que empecé a alternar, a dar los
paseos hasta la Cruz, a tomarme mis cañas en la "Quisca", a
reírme como nunca con las ocurrencias de mi amigo Paco Ureña, a disfrutar
de las que han sido para mí, sin duda, las mejores ferias de mi
adolescencia,... en definitiva, a sacarle partido a un modo de vida totalmente
diferente al que se podía vivir en cualquier capital. Son muchos los nombres de
esas amigas y amigos que me aceptaron en su grupo: Gloria, Ángela, Refu, Rafa,
Manolo, Araceli, Pepa,…, que me acogieron verano tras verano en su mundo y que
me hicieron amar el Pueblo. Cada uno tenía su singularidad y, como en todo
grupo, su rol dentro de él. Yo volvía a sentirme un higuereño más. También
tengo que hablar de los que, como yo, iban a Higuera solo en vacaciones. Ese es
el caso de mi buen amigo Javier Ocaña. También hijo de higuereños, con el que
entablé una buena amistad y compartí numerosas aventuras, aunque por diferentes
circunstancias, laborales, familiares,... hemos perdido el contacto, aunque
nunca la amistad.
Pero, como todo en la vida, llega el final de una
época. Inicié mi carrera universitaria y mis viajes a Higuera se iban haciendo
cada vez más esporádicos. Hice nuevas amistades en la capital, donde el deporte
y los estudios ocupaban mi tiempo y me fui distanciando del pueblo.
Mis padres se hacían mayores. El hecho de no poder
conducir, y no ser autónomo para viajar al pueblo, hizo que se plantease una de las decisiones más duras de
su vida: vender su cortijillo. Ni mis hermanos ni yo podíamos hacernos cargo de
mantener la propiedad, por lo que la única solución viable era venderlo. Y así
se hizo, con todo el dolor de nuestro corazón.
Yo no soy capaz de volver a Higuera sin que se me
escape alguna lágrima. Desde que doblamos la curva de Lendinez y aparece ante
nuestros ojos el pueblo y a su izquierda el pequeño cortijo, ahora escondido
entre olivos, no dejo de recordar todos los momentos vividos en él. Son muchos
los recuerdos de ese pueblo y de esos campos, donde reposan para siempre las
cenizas de mi padre.

No se puede narrar mejor, una parte tan importante de la vida, que recuerdos tan emotivos.
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