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miércoles, 4 de febrero de 2026

EL PUEBLO

 

Hoy he estado ojeando fotos de mi infancia. Fotos que me han trasladado a un lugar donde fui Feliz. Una felicidad que me ha marcado para el resto de mi vida. Fotos de un pequeño pueblo de la campiña jienense donde nació y se crio mi padre. Donde a mí me hubiese gustado nacer, Higuera de Calatrava.

Esa felicidad está unida no solo a ese lugar, también a su gente. Gente con la que "me crie", con la que compartí muchos de los momentos más felices de mi vida.

Aunque yo vivía en Jaén, soñaba con el fin de semana, con las vacaciones, con todos los momentos en los que me montaba en la furgoneta junto a mi familia y nos desplazábamos al “cortijillo".

Al principio los viajes los hacíamos por Martos. Cuarenta kilómetros que me conocía de memoria. Un viaje que mi padre nos amenizaba con historias y chascarrillos. El camino hasta Higuera era una fuente inagotable de historias que, tanto mi padre como mis tíos, nos contaban a mis primos y a mí de cada uno de los lugares por los que pasábamos. Algunas exageradas, otras reales, otras tristes y la mayoría divertidas. Tengo que decir que el viaje en la furgoneta era multitudinario, ya que además de mis padres, tito Pepe y tito Mio, viajaban también, en la mayoría de las ocasiones, mis primos Chico y Perico, sin los cuales yo no concebía mi vida.

Con mi mirada de niño yo veía ese paisaje y me iba imaginando todas esas historias y les iba dando forma dentro de mi cabeza.

Nos reíamos cuando mi padre nos hacía a todos agachar la cabeza al pasar bajo el puente del tren una vez abandonado Martos.

-      ¡Agachad la cabeza que nos damos!- gritaba mi padre.

Y todos teníamos que echarnos los unos en los otros muertos de risa. Por aquellos tiempos el viaje en la furgoneta no requería de ir abrochados con cinturones de seguridad, incluso el número de ocupantes de la misma era, normalmente, muy superior al que la lógica autorizaba.

Una vez superado el puente pasábamos por la orujera de Martos…

-      ¡Tapaos la nariz que nos asfixiamos! ¿Quién ha sido?-

Preguntaba mi padre con guasa. Entonces empezaban las acusaciones de unos a otros aludiendo a la higiene personal de cada uno. Con las risas correspondientes.

Seguíamos bajando por la estrecha y bacheada carretera pasando por cortijos y lugares todos ellos con un significado especial para mi familia, raro era el cortijo, arroyo, o finca a la que mi padre no aludiera en alguna de sus historias…

-      Aquí había unas escuelas que recogían a los niños de

todos estos cortijos. En esta escuela fue maestra vuestra Tita Estrella ¿sabéis? – Nos decía cuando pasábamos por una cortijada al pie de la carretera.

Justo a continuación veíamos a nuestra izquierda “el cerro del Dragón”, que así llamábamos mis primos y yo a un promontorio aislado que surge en medio de la campiña y que tenía la forma de ese animal mitológico.

   Hasta que una vez pasado Lendinez teníamos la primera visión del pueblo. El corazón infantil se me aceleraba, ya entrábamos en "nuestro territorio"

-      ¡Mirad, ya veo a Juanitín cagando detrás del cortijo!-Fantaseaba mi padre haciéndonos reír a carcajadas.

 Pasábamos por fincas familiares, "La hoja de los caces", "El haza el majano", el carril que iba hasta " El colorín ",... y por fin atravesábamos el " Salado", un arroyo que se me antojaba un Amazonas, donde cogíamos tortugas, cañas y mizos, con los que mi madre hacía unos preciosos ramos para decoración.

La entrada al pueblo se hacía por un "túnel" de eucaliptos que nos acompañaba desde la Cruz, punto emblemático de los paseos de todos los higuereños, hasta el campo de baloncesto (donde, por cierto, jamás vi jugar a nadie allí a ese deporte).

A partir de ahí ya empezaban los saludos, ya estabas en casa, todos te conocían, no me sentía forastero, yo me sentía un higuereño más. Como mi padre.

Crecía mi ansiedad por llegar al cortijillo. La cuesta de la calle principal del pueblo se hacía interminable, la vieja furgoneta se quejaba tras el viaje. Llegábamos a la plaza y parábamos unos instantes en un saludo rápido a nuestro queridísimo Tito Nono, que solía estar acodado en el quiosco de Juan con su inseparable amigo Margarito, y con el que nos emplazábamos para la hora de comer.

Aquí quiero hacer un inciso en mi relato para señalar que mi tío Nono, y mis primos Antonio y Loli, son una parte especial de mi familia, como lo son todos mis primos paternos, con los que hemos creado un parentesco nuevo, somos "hermanos primos". Así lo quisieron nuestros padres, los hermanos Quesada de Higuera de Calatrava, y nosotros lo hemos continuado.

Ya llegamos, pasamos por las arenas que rodeaban el caño de arriba, uno de los escenarios preferidos para nuestros juegos y aventuras y donde, casi siempre, saludábamos a algún paisano que abrevaba alguna "bestia" en sus frescas aguas.

Yo me salía por la ventanilla para ver a mi "hermano" Juanitín, que ya estaba allí, a la entrada del carril esperando nuestra llegada. Probablemente hiciera solo una semana que no nos veíamos, pero había un millón de historias que contarnos, cromos que intercambiar, juegos que hacer,...

A partir de ahí ya mi vida cambiaba. Es como si me quitase la funda de la ciudad y me convirtiese en un paisano más. Por lo menos así me sentía, querido por mi "familia" del cortijillo, con María y Andrés, dos personas Buenas, con mayúscula. Con Juan Pedro, padre de María y persona sabia, como casi todos nuestros mayores. Y, por supuesto, con Juanitín y Quisco, compañeros de juegos y aventuras.

Cuando eres un niño ves el mundo desde una dimensión que te convierte en Quijote, ves gigantes donde solo hay molinos, ves guerreros donde solo hay ovejas,...pues así era mi vida en el cortijillo. Con Juani y mis primos Perico, Chico, Tono, Mª José, Mª Paz y Pablo y nuestros amigos del pueblo, el Rubio, Rafalín, Manolito el de Amalia, Paquitín Ariza,...  pasábamos de ser indios o vaqueros, a ser los mejores futbolistas del mundo. Por cierto, la era del cortijillo se convertía en un Estadio Olímpico, escenario de grandes encuentros futbolísticos o incluso Juegos Olímpicos. Todavía recuerdo cuando Andrés y mi padre nos levantaron unas porterías hechas con vigas y fardos de aceituna a modo de redes, que para nosotros eran "reglamentarias".

Hasta que mis hermanos, con los que tengo una considerable diferencia de edad, no empezaron a ser más mayores era tradición pasar todas las vacaciones en el cortijo, incluidas las de Navidad. Son muchos los recuerdos de esos inviernos fríos en la campiña, de campos embarrados y botas katiuskas. De pisar charcos y hacer caminos en el barro para jugar con camiones tirados por cuerdas. De jugar a las “guerrillas” con bolas de barro, aprovechando a modo de trincheras los diferentes desniveles provocados por las torrenteras de los arroyos. De jugar a clavar el pincho en el barro como si fuera el juego del colache, pincho que habíamos conseguido clandestinamente de algún destornillador u otra herramienta de la cochera de los tractores.

Recuerdo especialmente una Navidad en la que había pedido a los Reyes Magos un caballo, mi animal preferido y por el que siento verdadera pasión. Fiel a la tradición de esa mágica noche no pegué ojo. Incluso creí oír por el balcón la mágica caravana. El caso es que a la mañana siguiente, atado junto a la chimenea había un majestuoso caballo de cartón casi tan grande como yo. Pasé el día montado en ese imponente pura sangre de color anaranjado y que se desplazaba gracias a una base de madera con cuatro rodamientos. Las tardes de invierno son cortas y pronto tuve que dejar a mi caballo atado a la entrada del cortijo, como veía hacer a los muleros con sus reatas. Pero esa noche quiso el destino que fuera de temporal, llovió con ganas. A la mañana siguiente, nada más despertarme, corrí a ver a mi caballo y cuál fue mi sorpresa cuando solo encontré una plataforma de madera con cuatro rodamientos que soportaba una plasta informe anaranjada de cartón. Yo no entendí lo que había pasado, mi caballo, mi regalo más esperado se había esfumado. Tengo que decir que me costó un tiempo recuperarme de ese “shock”. Pero también es cierto que cuando se es niño olvidas con más facilidad, y gracias a Juanitín, mi compañero de aventuras, rápidamente nos hicimos con unas cañas y un cordel unos caballos mucho más ligeros y versátiles, aptos para todo tipo de climas y terrenos.

Esos inviernos eran también época de aceituna. A mí me gustaba acompañar a mi padre a ver los tajos, donde mujeres y hombres se afanaban en varear los olivos y recoger las aceitunas, que en aquel tiempo se hacía a mano. Después de retirar los fardos donde caían la mayoría de las aceitunas vareadas, una cuadrilla de mujeres recogían, arrodilladas, el resto de aceitunas para trasladarlas en espuertas hasta las limpias, donde, como su nombre indica, se les limpiaba de la  hojarasca y barro que pudiesen llevar, antes de cargarlas en los remolques para llevarlas a la fábrica de aceite. Cada cuadrilla tenía su cometido en la recolección, pero a mí me gustaba vivir el ambiente de las cuadrillas de mujeres, que pese a la dureza de su trabajo, siempre encontraban el momento para los chascarrillos, bromas y demás. Tengo en mi memoria las horas de después de almorzar en las que se hacía el silencio en la cuadrilla para poder escuchar “Lucecita”, una radio novela a la que estaban enganchadas, y que podían seguir, mientras realizaban su trabajo, a través de una vieja y aparatosa radio que acarreaban como un apero más. Me hace gracia que incluso mi padre solía aparecer a esas horas por el tajo de las mujeres para no perderse el hilo de la novela.

Pero el invierno pasaba y los sembrados empezaban a verdear. Por aquel tiempo, en los años 70, en Higuera abundaba la “tierra calma”, donde el cereal, los melonares, el girasol, los garbanzos, incluso el algodón o la matalahúva, eran los cultivos más abundantes. Junto con el olivar. El campo cambiaba sus tonalidades, de los ocres y parduzcos del invierno al verde intenso de los sembrados de cereal, o a esas hiladas hechas con tiralíneas que dibujaban las plantas recién nacidas de melones o legumbres.

El paisaje que veía en mi viaje desde Jaén variaba de una semana para otra, era el mismo campo con diferentes vestidos. Con colores que mi padre sabía perfectamente identificar en cuanto a la calidad y cantidad del producto sembrado.

-Mira, este año está creciendo muy bien el trigo- Decía con ojo experto- Como llueva esta primavera tendremos una buena cosecha.

- Mira como se ven ya las matas de melones en el cortijo, ya mismo estamos comiendo melón fresquito- pronosticaba con alegría en otras ocasiones.

Pero no siempre se cumplían las expectativas. Los que viven del campo saben de lo ingrato e injusto que puede llegar a ser el estar siempre “mirando al cielo”. Una primavera seca o un granizo a destiempo, un parásito impertinente o un temporal inoportuno, pueden hacer que el trabajo de todo un año sea inútil, se convierta en estéril y haga del agricultor un pobre juguete en manos de la naturaleza.

 

Poco a poco íbamos creciendo y la vida iba cambiando. Desgraciadamente los gigantes se iban convirtiendo en molinos y los guerreros en ovejas. Yo fui cambiando, igual que lo hacíamos todos. De la niñez se pasa a la adolescencia. Y de los juegos se pasa a la "vida social". Y ahí volvió a ser Higuera fundamental en mi vida.

Por lo avatares del destino, mi círculo de amigos fue cambiando, unos porque se marcharon, otros porque se hicieron "mayores" antes que yo, otros porque escogieron distintos caminos,...pero tengo que decir que con ninguno perdí la Amistad. Aún en la distancia sigue existiendo ese nexo de unión que solo la infancia puede crear.

Es cierto que pasé por unos momentos de soledad. Momentos en los que me refugiaba en el cortijillo, con sus bochornosas siestas, con solitarios paseos por los carriles, en los que recordaba todas las historias que mi padre me contaba. Días de verano que solo se alteraban cuando venían a pasar las vacaciones mis hermanos con sus familias. Era en esos días cuando se rompía la monotonía. 

Pero pronto volvió a aparecer el Pueblo. Gracias a Loli, mi "hermana prima", volví a tener nuevas amistades. Ella me presentó "en sociedad". Ya la edad te hacía buscar una "pandilla", a salir con niños y niñas. Fue entonces cuando conocí a un grupo de higuereñas e higuereños con los que empecé a alternar, a dar los paseos hasta la Cruz, a tomarme mis cañas en la "Quisca", a reírme como nunca con las ocurrencias de mi amigo Paco Ureña, a disfrutar de las que han sido para mí, sin duda, las mejores ferias de mi adolescencia,... en definitiva, a sacarle partido a un modo de vida totalmente diferente al que se podía vivir en cualquier capital. Son muchos los nombres de esas amigas y amigos que me aceptaron en su grupo: Gloria, Ángela, Refu, Rafa, Manolo, Araceli, Pepa,…, que me acogieron verano tras verano en su mundo y que me hicieron amar el Pueblo. Cada uno tenía su singularidad y, como en todo grupo, su rol dentro de él. Yo volvía a sentirme un higuereño más. También tengo que hablar de los que, como yo, iban a Higuera solo en vacaciones. Ese es el caso de mi buen amigo Javier Ocaña. También hijo de higuereños, con el que entablé una buena amistad y compartí numerosas aventuras, aunque por diferentes circunstancias, laborales, familiares,... hemos perdido el contacto, aunque nunca la amistad.

Pero, como todo en la vida, llega el final de una época. Inicié mi carrera universitaria y mis viajes a Higuera se iban haciendo cada vez más esporádicos. Hice nuevas amistades en la capital, donde el deporte y los estudios ocupaban mi tiempo y me fui distanciando del pueblo.

Mis padres se hacían mayores. El hecho de no poder conducir, y no ser autónomo para viajar al pueblo, hizo que se  plantease una de las decisiones más duras de su vida: vender su cortijillo. Ni mis hermanos ni yo podíamos hacernos cargo de mantener la propiedad, por lo que la única solución viable era venderlo. Y así se hizo, con todo el dolor de nuestro corazón.

Yo no soy capaz de volver a Higuera sin que se me escape alguna lágrima. Desde que doblamos la curva de Lendinez y aparece ante nuestros ojos el pueblo y a su izquierda el pequeño cortijo, ahora escondido entre olivos, no dejo de recordar todos los momentos vividos en él. Son muchos los recuerdos de ese pueblo y de esos campos, donde reposan para siempre las cenizas de mi padre.


1 comentario:

  1. No se puede narrar mejor, una parte tan importante de la vida, que recuerdos tan emotivos.

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